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Las pensiones, tal y como las conocemos hoy tienen los días contados. Esto no quiere decir, que no vaya a existir prestación pública para la vejez, pero ni la pirámide demográfica es la misma que cuando se concibió el sistema, ni las personas tienen las mismas necesidades, ni el entorno económico y social tiene nada que ver.

Fundamentalmente, por la gigantesca deuda pública acumulada durante los últimos veinte años, que es una bomba de relojería de la que nadie quiere hablar pero que no por ello va a dejar de estallar y dejará tras de sí un balance enorme de víctimas despensionadas y exasperadas contra los políticos (de todos los partidos) que tan penosamente han gestionado nuestros impuestos.

Cuando las pensiones se implantaron en España la esperanza de vida era de unos 70 años. Hoy es de más de 83 y dentro de nada será casi de 100. Afortunadamente, la esperanza de vida ha aumentado 40 años en un siglo, pero: ¿Una sociedad puede prescindir de individuos formados y capaces para enviarles al retiro durante 35 años? Posiblemente, se deberá cambiar antes el arraigado concepto negativo que tenemos del trabajo, y convenir que tener a casi la mitad de la población con vacaciones pagadas permanente puede ser apetecible pero insostenible. Trabajar no debiera considerarse algo negativo. Desactivar profesionalmente a una persona no puede considerarse tampoco positivo.

Posiblemente también, al encontrar la solución a las pensiones, daremos con la solución de grandes problemas de la vida laboral: remuneración, horarios, dedicación, conciliación, formación en activo… todo está relacionado. Se debe poder disfrutar mucho más de la vida durante la etapa laboral pero también, debe haber un rendimiento profesional en la etapa de la vejez. La vida es siempre la vida, esté disfrazada de trabajador en activo o de jubilado. Lo importante de la vida es vivirla.

El colectivo de mayores se fundirá perfectamente con el colectivo de cualquier otra edad. Posiblemente, un “Estado del Bienestar” europeo debe procurar de forma clara una “renta básica de supervivencia” para cualquiera que lo necesite, ya tenga 67, 35, 78 o 46 años. No podemos cuantificar y poner fecha de principio y fin a la “vida laboral” porque no podemos poner caducidad a una vida. Un Estado debe garantizar los derechos pero no debería organizar y sesgar el modelo vital de sus ciudadanos, y el cambio de mentalidad de adoptarse cuanto antes.

El problema viene en que nuestros conceptos de trabajo y salario, cuentan con varios siglos de antigüedad, y los de ocio, vacaciones, y jubilación son del siglo pasado. En una era en la que los cambios tecnológicos se producen en periodos de diez años, o incluso menos, regimos nuestra economía en base a criterios vitales y sociales totalmente desfasados.

Por otra parte, la ecología nos enseña que los intereses de los individuos, está intrínsicamente relacionada con la suerte de nuestro planeta. Cualquier problemática social deberá tener en cuenta desde su mismo planteamiento, la sostenibilidad del planeta. El problema de las pensiones también.

El individuo del siglo XXI, vive interconectado y genera información continua. Los productos y servicios no se compran, se comparten. Los procesos productivos no generan residuos para eliminar, si no materia prima para reutilizar. La Economía va a ser circular en todos los ámbitos: en el de las pensiones también.

En todos los campos de la ciencia, somos capaces de llegar a las unidades mínimas de la materia, de la luz, de la información. Comenzamos a saber ensamblar y tejer con átomos y bytes. En el mundo de las pensiones también.

En rigor, una pensión es solamente la reserva de recursos que un individuo puede disponer en una situación no propicia. La “magia” en el mundo de las pensiones consistirá en transformar todos los tipos de recursos que se usan a lo largo de una vida, en renta. Recursos laborales, recursos naturales, recursos intelectuales, recursos sociales, recursos de aprendizaje.

Recordemos las leyes causa-efecto y lo del aleteo de la mariposa y el terremoto. Todo cuenta para el futuro, la teoría se lleva a la práctica con la tecnología personal en la que vivimos: el smarphone todo lo va a medir porque todo cuenta: el trabajo, las compras, los gestos, el consumo y el reciclaje, los puntos de carnet de conducir y el voluntariado en una ONG. La fórmula para afrontar la crisis del sistema de las pensiones, es la misma que la de como solucionar la supervivencia del planeta: una acción sostenida y concertada de todos los individuos. Eso implica aceptar un autocontrol y una medición de actos. Un aumento de las responsabilidades personales con el ecosistema. Ejemplo: si reciclas tendrás mejor pensión que si no reciclas.

Alimentar a todos los habitantes del planeta o establecer una economía circular baja en carbono con fuentes de energía renovables es impensable de conseguir tan solo por el acuerdo de los gobiernos o de las grandes empresas. Tampoco tan sólo con la concienciación o la educación cívica. Es necesario alinear a los ciudadanos del mundo respecto a su comportamiento en cualquier decisión económica diaria (su consumo) y el resto de decisiones cotidianas (en el trabajo, viajes, tiempo libre, deporte, salud…), y eso hasta ahora se reducía a políticas de regulación hacia las empresas y educación para los ciudadanos. Ello es insuficiente, los objetivos se conseguirán mediante políticas de incentivos económicos para los ciudadanos, a través de los premios económicos ofrecidos por las empresas (RSC) y administraciones, en forma de aportación a la pensión.

La mejor manera de predecir el futuro, es crearlo. Nosotros lo hacemos.

José Luis Orós – CEO de Pensumo

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